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El valor de los ancianos

Desde que era un niño siempre he sentido empatía y compasion por niños y animales.
Y hasta hace un tiempo siempre lo ratificaba, que los adultos no me causaban ningún tipo de compasión cuando los veía en situaciones desafortunadas.

El hecho es que siempre razoné que los adultos, a diferencia de los niños y animales, pueden valerse por si mismos. Ellos pueden hablar, escribir, comunicarse, buscar medios para lograr sus metas, sueños y objetivos, o para luchar contra la adversidad.

El hecho es que algo en lo que nunca me paré a pensar fueron los ancianos. Antes los ignoraba, eran un cero a la izquierda, hasta comunmente los denigraba como «viejos chotos» cuando veía a alguno de ellos mandarse alguna macana.

Sin embargo, desde algun tiempo he venido pensando en ese tema: el valor de los ancianos.

Quizás por el paso a los años -pronto cumpliré mis 35 inviernos-, por que veo que la juventud pasó rápido, o que mi madre ya pertenece a la tercera edad, es que comencé a sentir mayor empatía por ellos: dejé de ignorarlos.

Derrepente empecé a pensar, que al igual que los niños y los animales, están muchas veces indefensos, sin poder valerse por si mismos, abandonados por la sociedad y sus familias, olvidados o lejos de esos lugares donde pasaron gran parte de su vida.

Empecé a preguntarme cuantas historias, memorias y sueños se encierran en sus rostros arrugados. ¿Serán felices? ¿Están pasando por algún sufrimiento? ¿Qué valor le dan a lo que han vivido? ¿Qué puedo hacer por ellos?

Esto me hace recordar los últimos años de mis abuelos paternos a quienes visitaba casi todos los domingos cuando era niño, allí estaban ellos, en el hogar de ancianos de Mercedes, esperando a que los visitaran… Siempre en el mismo banco, con sus sacos y bastones al costado, tomando el sol de la mañana invernal para calentar sus viejos huesos.

A pesar de que siempre tuve poco contacto con ellos, recordar las tardes que ibamos a visitarlos junto a mis padres hace que se inunde mi corazón de agradecimiento, sólo puedo decir gracias por su cariño, por darle la vida a mis padres, y ser también parte de la mia.

Recuerdo una vez que mi abuelo paterno me dijo ‘Tengo algo para darle mijo, esperá acá…». Fue hasta el cuarto, revolvió un rato y finalmente vino con una gran bolsa de monedas. Mi cara explotaba de felicidad ante tal regalo, las venía juntando desde hacía tiempo se ve, pesaba mucho, y tenía muchísimas monedas.

Lo gracioso de esa anécdota es que una vez que llegué a mi casa, comenzando a revolver las monedas para contarlas nos dimos cuenta con mis padres que el 90% de ellas ya no tenían valor, eran monedas de hace 20 o más años, que ya no estaban en circulación…

A pesar de que casi no pude explotar el valor de esas monedas de niño, hoy me queda el recuerdo de ese abuelo, que a pesar de ser poco cariñoso, estaba presente «a su manera».

Como solía orientarme una compañera de la SGI cuando eramos líderes en una comunidad, no importa el lugar o momento, lo que está frente a nuestros ojos es parte de nuestra resonsabilidad como seres humanos.

De momento lo que hago es Daimoku por la felicidad de todos los ancianos que recuerdo y significaron algo para mi, y por supuesto si me topo con alguno desconocido en la calle les brindaré una charla, una sonrisa, un gesto de ayuda o amabilidad, lo que esté a mi alcance; dejaré de ignorarlos.

NMRK.

«Todos nosotros tenemos algo que podemos dejar a nuestro paso. Una vejez ideal podría ser comparada con una magnífica puesta de sol. Así como el rojo intenso de la puesta del sol conlleva la promesa de un mañana hermoso, una vida bien vivida transmite el don de la esperanza a las generaciones futuras.»

Daisaku Ikeda.

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