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Hola: ¿está ahí mi niño interior?

Recuerdo de niño cuando mi mayor prioridad en el día era jugar y divertirme luego de ir a la escuela, pasar a buscar a mis amigos y estar toda la tarde jugando a la escondida, la rayuela, la pelota, o a las bolitas en las veredas de tierra que habían en la cuadra donde vivìa.

En realidad, por aquel entonces ni conocìa qué eran las prioridades, simplemente disfrutaba mi tiempo libre, mientras mis padres se ocupaban de proveerme a mi y mi hermano de todo lo que necesitabamos, ellos eran los adultos, tenían obligaciones, responsabilidades y deberes. Y claro, nosotros los pequeños del barrio no teníamos ni idea del mundo adulto, salvo hacer algún mandado que nos pedían nuestros padres, y que hacíamos a regañadientes.

Hoy, casi tres décadas después me toca a mi vivir ese papel de «adulto» maduro, con hijos a cargo y una familia por la cual velar. No puedo pasar jugando toda la tarde, todos los dìas como cuando era niño, pero no he perdido ese niño interior que juega, que se rìe, que dice «pavadas», «bolazos» a cada minuto, que grita cuando escucha mùsica, y por sobre todo que imagina, fantasea y sueña a cada momento.

Cuando encuentro un «hueco» entre el trabajo y la familia, trato de conectarme los auriculares y escuchar mis bandas favoritas, igual que cuando tenía 12 o 13 años, que pasaba horas y horas escuchando Queen, mi primer gran amor musical. Qué lindo es todavía poder cerrar los ojos, disfrutar del viaje de la música y desconectarme de todo, esta vez con otras bandas y otros sueños.

Al igual que cuando era niño y adolescente, camino bajo la tormenta y me mojo siempre que puedo, sintiendo la lluvia, disfrutando cada gota que golpea contra mi cara… igual que como jugamos cuando eramos niños los dìas de lluvia en verano.

Siempre tuve un gran amor por el agua, las playas, piscinas o cualquier cosa con agua (¿será por el cangrejo que es un signo de agua?). Recuerdo cuando cuando me bañaba en la querida playa «El Raviol» en la rambla de Mercedes. Toda mi vida fui a esa playa, era la playa donde mi madre se encontraba con sus amigas a tomar mate y «chusmear» de lo lindo, mientras yo pasaba horas en el agua con amigos o simplemente con otros niños que encontraba jugando allí.

Hoy ya no disfruto del agua allí, pero esas hermosas tardes de verano ahora se traducen en mi pasiòn por el surfear olas en Punta del Este junto a otros amigos y conocidos que hice de adulto viviendo en Maldonado.

1 hora o 3 horas da igual, el tiempo se pasa volando cuando estoy en el mar, rodeado de arena e iluminado por el sol infinito del este… Con la adrenalina a mil, muchas veces congelado de frío en pleno invierno, pero largando carcajadas de éxtasis tras correr una gran ola, o emitiendo algún «Wooooo!» cuando me desbordo de alegría tras bajar alguna «bomba» gigante que llega hasta mi, ahì sale mi niño interior, vivo a cada momento.

Al convertirnos en adultos y asumir responsabilidades en relaciones de pareja o trabajo, tendemos a perder nuestros sueños, a dejar de lado nuestra imaginaciòn y guiarnos por la razón. Dejamos de sentir, y vivimos razonando todo lo que hacemos, dejamos de escuchar a nuestro niño interior y le abrimos la puerta a la «seriedad» del mundo de los mayores.

Muchos amigos y conocidos están tan inmersos en el mundo «adulto» que suelen decir «yo ahora cero ocio, puro trabajo», o «no tengo tiempo para esto si no lo anoto en mi agenda», o «estoy manejando 4 empresas, no tengo tiempo». Y por dentro siempre digo «gracias por este ejemplo por que sé que no quiero ser así».

Y con esto, otra vez vuelvo a ratificar que atarnos a los extremos nunca es sano, sumergirnos en el mundo adulto de los deberes, dejando de lado nuestro niño interno, o vivir en el mundo de la fantasìa y el juego todo el tiempo no nos van a llevar a la felicidad. Tener un balance entre responsabilidades y disfrutar como adultos y niños al mismo tiempo, creo yo, que es la mejor forma de transitar la adultez.

Una de las cosas que más me ha hecho re-ver la importancia del niño interior es haber sido padre. Junto a su madre, hemos vuelto a tirarnos al piso para jugar con legos, también a los autitos, lo hemos acompañado a «chapotear» en la lluvia en su primera vez, re-descubierto la magia de las series infantiles, y también volver a leer cuentos para niños, como hace tanto no hacía. Como dije alguna vez en otro post: «ser padre es volver a ser niño».

NMRK.

Publicado enPersonales

Un comentario

  1. Carlos Book Carlos Book

    Ni mas ni menos es asi como lo escribis, seguimos jugando a lo mismo pero con diferentes juguetes.

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