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Re-descubriendo Mercedes

Era Octubre de 2003, y ya los “primeros calores” comenzaban a asomarse en Mercedes, capital de Soriano.

Una mañana como cualquier otra, recibo un inesperado llamado avisandome que tenía una entrevista de trabajo en Punta del Este.

Con la voz temblorosa, y hasta dudando un poco dije “Si”… confirmando mi asistencia a la entrevista.

Y así nada más, de un segundo al otro me ví partiendo rumbo al Este con el pasaje en mano, $500 pesos en el bolsillo, y el corazón lleno de miedos e incertidumbres.

Ya pasaron casi quince años de aquel momento. Y esta debe ser la décima vez que vuelvo a Mercedes desde aquel entonces, aunque algo cambió en esta última visita.

Desde que me vine a vivir a Maldonado siempre me quedó una pequeña raíz que todavía me ataba a Mercedes.

El primer año, cuando todavía no tenía trabajo efectivo (trabajaba de forma eventual fines de semana y en verano en la industria hotelera) iba y venía cada 2 o 3 meses.

Recuerdo puntualmente la primera vez que volví a Mercedes luego de estar aquí por los 6 primeros meses. Bajé en la terminal y decidí recorrer las calles a pie, sintiendo el olor de la ciudad, de sus veredas, árboles y recorriendo esos lugares que me eran tan familiares.

Desde esa primera vez que volví ya percibía que algo había cambiado, era “mi ciudad”, mi lugar, pero ya no lo sentía como tal, ya no era parte de mi cotideaneidad. Fue un sentimiento extraño.

Cada vez que iba, recorría sus barrios, visitaba a mi familia, amigos y compañeros.

Con el pasar de los años el noventa porciento de mis amistades de aquella época ya no viven en Mercedes, con algunos otros perdí el contacto, y con un par aún mantengo estrechos lazos de amistad, aunque ya formaron sus familias, trabajan, tienen hijos y por lógica no están tan disponibles para juntarse libremente como hacíamos antes.

En esa época nos sobraba todo el tiempo del mundo, eramos gurises, sin preocupaciones más que dar la vuelta en la rambla, ir a la playa, o tomar un vino o cerveza tirados con la barra. No teníamos obligaciones ni responsabilidades.

Siempre que estoy de vuelta en Maldonado y recuerdo mi vida en Mercedes me vienen memorias de la hermosa niñez y adolescencia que pasé allí, rodeado de familia, amigos y grandes momentos en la rambla, el disfrute de las playas sobre el Río Negro, los campamentos, los “pedos” con los amigos, ir a los bailes, etc.

Son recuerdos y memorias llenos de sentimientos, momentos que pasé bien, y que dejaron una huella por justamente esa carga afectiva que tuvieron en aquel tiempo, y que con los años también adorné de fantasías de todo lo que no recordaba a plena consciencia.

Y al regresar cada vez, creo que intento inconscientemente de reproducir o vivir aunque sea fugazmente un poco de esas memorias, aunque nunca lo logro. Lo cierto es que esos recuerdos fueron con X personas, en Y tiempo, bajo Z circunstancias, algo que nunca podrá volver a repetirse de igual forma.

Esta última vez que fuí creo que terminé por cortar el cordón umbilical que me quedaba con la ciudad. Choqué con la realidad que por mucho tiempo no había querido ver, o que no podía ver, quien sabe.

Estoy tan acostumbrado a mi vida aquí en el este, con su ritmo más urbano y comercial, con ese aire oceánico, sus playas, la arena y el sol, que la realidad que vi hace semanas en Mercedes me dejó un sabor amargo.

Salir a las 3 de la tarde y encontrarme con que casi todos los comercios están cerrados por la “hora de la siesta” fue el primer golpe. Recuerdo cuando mis padres de chico me obligaban a sestear, cosa que nunca hacía al final, lo hallaba raro de niño, y también lo hago ahora de adulto.

En Maldonado y Punta del Este sestear es algo que poca gente hace, todos estamos ocupados en alguna cosa, sea trabajando, practicando algún deporte, estudiando, disfrutando de la playa, o con otras actividades.

Que la gente te mire en la calle con esa cara de imperiosa curiosidad (chusma) por que tienes una matricula de otro departamento también me causó impresión.

Parejas de gente de tercera edad y familias enteras todos con sus sillas en verano en la vereda también me asombraron… ¿Qué hacen ahí sentados mirando a todo el que pasa? ¿O se ponen allí para que los miren a ustedes? No lo entendí.

Y que el 70% de la gente con la que me cruzaba fueran de tercera edad o mayores, fue otra cosa que llamó un poco mi atención. A diferencia de Maldonado, Mercedes tiene una población sumamente envejecida, no tengo datos exactos, pero a simple vista recorriendo las calles o yendo a la rambla se nota claramente.

Aunque pensándolo fríamente, es normal, los jóvenes que tenemos determinadas expectativas nos vamos de Mercedes, sea para Montevideo, otros departamentos como Maldonado, o bien al exterior.

Es difícil admitirlo, pero por primera vez me sentí como sapo de otro pozo, totalmente fuera de pertenencia, diciendo por dentro “¿qué hago acá?”, “¿qué le pasó a mi ciudad?”, “¿por qué esta gente es tan chusma?”, etc.

Lo cierto es que la ciudad fue siempre más o menos la misma, con el mismo perfil de gente que lleva marcada su idiosincracia. Y no está mal que la ciudad y su gente sean así.

¿Qué es lo que cambió entonces? Yo.

El problema no es la ciudad, ni las costumbres de su gente, el problema soy yo, yo cambié.

Todas esas costumbres y formas de ser ya no concuerdan con mi manera de vivir, por eso me chocan tanto.

Esos lindos recuerdos de mi niñez y adolescencia son una mezcla de fantasía idealizada y realidad que construí en mi cerebro, bajo la visión de una mente en desarrollo que aún no conocía otras realidades.

Hoy con treinta y tres años ya he construido mi realidad como adulto, y si bien tengo esas memorias vividas y enlazadas en mi cabeza, también ahora veo la ciudad tal cual es, cosa que antes no podía.


Mercedes siempre estará en mi corazón, allí me crié bajo la tutela de mis padres, viví grandes experiencias, mi plena niñez y adolescencia, experimenté mis primeros amores, conocí grandes amigos, y donde forme mi primera visión del mundo.

Quizás para algunos fue y será su lugar en el mundo, donde se sienten plenos, y totalmente arraigados. Seguramente tendrán una visión diferente a la que tengo yo hoy.

Sin embargo, hoy mis necesidades cambiaron, mi forma de ver y evaluar lo que me rodea es diferente, soy otra persona.

Creo que esta vez se cerró un capítulo de mi vida respecto a la ciudad que me vió crecer, aunque siempre quedarán en mi memoria esas remembranzas de “La coqueta del hum”, con su brillo especial del río en verano, que espero nunca se apague, y alumbre a tantas otras mentes jóvenes como lo supo hacer conmigo.

 

Publicado elPersonales

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